Por Ignacio Fuentes.
Empieza a arder todo. El fuego comienza su travesía poco a poco hasta atrapar por completo los sentidos ya alterados. Ese primer trago, ese beso es el que a uno lo saca de apuros, lo calma, le permite olvidar las últimas horas tan angustiosas. Es que todo forma parte de un perfecto protocolo que, como ritual, deja sentirme fuera de este mundo, aunque sea sólo por un rato. Copas que suben y bajan desde la mesa hasta la boca en un juego interminable de bailes y risas liberados desde el más puro placer humano. ¿Qué mejor? Es casi un arte.
Estos momentos de abuso etílico son los que convierten a la persona más cuadrada en un orador de grandes aventuras. Nadie se escapa del veneno. Lo que pasa, es que el acto de beber es más que una distracción, más que ratos de ocio o problemas de adictos. Compartir una cerveza implica aprender mil y una ideas acerca de la vida. Es conocer al prójimo desde el interior, desde los pensamientos más profundos que uno guarda en sus entrañas. Las mejores pláticas surgen siempre al fragor una botella. Esas charlas de horas que recorren la vida desde lo filosófico a lo banal. He ahí el meollo del asunto. El alcohol es un ente liberador que nos permite quebrar momentáneamente las cadenas de la monotonía para darnos el lujo de reírnos un poco de la vida misma.
Enciendo un cigarrillo. Otra copa a la mesa, por favor.
Cuánta gente me ha tildado de vicioso, de vividor, de alcohólico. Puras patrañas. Algunos dicen que el problema comienza cuando uno no es capaz de asumirlo. Yo discrepo. La historia de mis años – y la de muchos amigos – ha escrito en mis días rutinas que se repiten durante el hoy, el mañana y el ayer. El tener que cumplir con el curso antinatural de la vida ha hecho necesario para mí, como manera de mantener la cordura, reflejar mis sueños en las gotas de alcohol. Eso no es un problema, ¡no, señor! Es un viaje de ida y vuelta hacia las tierras de Dionisio. Es la aventura que permite a muchos olvidar horarios y rutinas para darle paso libre a todos los placeres que nosotros mismos olvidamos durante el día a día. Hedonismo puro, de eso estoy hablando. A mí no me parece un problema, más bien me parece una solución. A varios les hace falta una copa.
Entonces, pues, lo invito a usted a tomar asiento y platicar acerca de las cosas que tanto nos gustan. Riámonos de esos viejos chistes que nunca mueren. Recordemos a los grandes amigos que el destino ha alejado de uno. Tomémonos otro vinito y brindemos por la familia. ¡Un salud por mis queridos hijos! ¡Un salud por esos grandes amores! Vivir la vida implica disfrutar estos pequeños momentos. No todo giran en torno a cuentas y números, también hay que darle tiempo a los abrazos y las carcajadas. Brindar por algo es hacer presente los mejores momentos de la vida. ¡Que suenen fuerte esas copas! Olvidémonos de los problemas y sintámonos tan libres como en nuestros años de juventud.
Este último trago es por nosotros, por los buenos momentos, por las grandes historias, por los romances sufridos, por las incontables risas, por los amigos, por la familia, ¡por la propia vida! Mañana será tiempo de volver a la realidad, pero no se aflijan, que esta noche es nuestra. ¡Salud!

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