martes, 16 de noviembre de 2010

A la tarantella la licenciatura


Por Camila Beltrán Cabrera.
¡Horror! Me licenciaba. Y no lo digo por cosas de nostalgias o pena, nada de eso, sino que tendría que aguantar aproximadamente cuatro horas en la espera de mi cartón que cerciora que egresé de cuarto medio. Aburrimiento en extremo, con gente que, aunque pasé buenos momentos con ellos, me alteraba la idea de guardar formalidades y ni siquiera poder cruzar una palabra, sino que mediante gestos podría indicarles que estaba en putrefacción o me convertía en crisálida.
Un amigo estaba feliz por este día: Carlos. Lo miraba y me sonreía de tal forma que quizás en unos momentos me contagió. Es que él realizaría algo importante ese día: tocaría “tarantella”, un tema rápido y sólo para los más ágiles y entendidos en música. Estuvo todo el año preparándose (soy testigo fiel de aquello), y a pesar de que es un excelente músico, interpretar esa canción era un desafío. Después de todo los trámites correspondientes (un cura “bendiciéndonos”, el típico blablá de los profesores deseándonos una buena y próspera vida, cuando en realidad lo único que querían era que aquella ceremonia del demonio acabara, y otras estupideces que no recuerdo pero fueron eternas), era el turno de Carlitos: su momento de gloria había llegado. Subió un tanto tímido al escenario, y observó al vacío un rato, yo le esbocé una fingida sonrisa y él rió (conocía mi ironía). Al iniciar, hubo un desperfecto en sonido. Mal augurio para muchos, pero para él jamás. Al deslizar sus dedos en aquella guitarra acústica Gibson que su abuelo le regaló con un esfuerzo sufrido, muchos rieron, pero no porque Carlos fuera una basura, sino porque los punteos a la velocidad de la luz desconcertaron a todos, al punto de que a algunos se conmovieron (vi gente llorar). Incluso un par de viejos se levantaron de sus sillas con la intención de bailar, imagino (no los culpo, yo igual tuve ganas de mover el esqueleto un rato). El profesor de música quedó estático, era una grata sorpresa, ya que Carlos estuvo inseguro hasta el día anterior de la licenciatura y no mostraba grandes expectativas en su desempeño. 
Ya no era una ceremonia agobiante, era una fiesta. 
Todavía se lo agradezco a Carlos, todavía le agradezco que haya cambiado mi día y el de muchos, estoy segura. Ya no recibimos los diplomas de manera solemne y respetuosa, si no que la adrenalina nos llevaba a equivocarnos y que todo fueran risas y juegos, como un día normal de clases, incluso el rector reía de nuestras chiquilladas, mandando al carajo toda la compostura simulada. Fue un buen día, digno de recordar.

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