martes, 2 de noviembre de 2010

No puntual, no veraz


Por Jaime Jiménez Palma.


            “Media horita más”
            “Quince minutitos”
            “Un ratito no más”
            Esta es una de las innumerables consecuencias que acarrea participar de un carrete en plena semana.
            Sin duda, para nadie debe ser agradable levantarse a las 7 de la mañana a trabajar,  dejando atrás una noche llena de bailoteo, comida y otras cochinadas más que vaya a saber uno en qué fueron – o irán – a terminar.
            Si no te despiertas pronto, es más que seguro que llegará tu peor es na’ y te subirá y bajará a palabrotas -cual ascensor-, para convencerte de que vayas a la pega, escudándose en el pretexto de que “hay que alimentar a los niños”. ¡Uf!
            Aún sabiendo que estás súper atrasado, tu mujer te persuade para marchar rumbo al empleo que tanto adoras, y tú recién –cuando son las 7:30 am.- das el primer paso: girar la llave. Sí, basta con un simple giro para que sientas caer un majestuoso chorrear sobre ti, refrescante, tranquilizador, placentero; un momento único por el cual darías la vida si fuese posible.
            Y es en ese contexto, lleno de nubes y algodón, que tu cerebro te devuelve al mundo terrenal y logra que recuerdes el discurso de tu “geisha” diciéndote “hay que alimentar a los niños. No llegues tarde que te pueden despedir”.
            De ahí en adelante nadie te para. Si rememorar a tu mujer diciendo eso, es como ver a una ánima merodeando tu habitación: una pesadilla. Por ello te vuelves medio histérico tratando de apurar el paso, a tal punto que llegas a convertirte en una especie de correcaminos persiguiendo a su coyote. Mal.
            Pero después de toda esta travesía que ha significado tu lavado corporal diario, aflora en tu amante su lado más amable y desconocido: te ofrece dos tostadas con un juguito de naranja recién exprimido.
            Es ahí cuando tú ya no das más. No hay cómo entenderla.
            Te ofrece desayuno cuando ya son las 8 de la mañana, y tú a esa altura del cucú, ya deberías estar sentado en la oficina escribiendo el primer informe del día. ¿Acaso tu mujer es bipolar? Por un lado te incentiva la puntualidad y por otro la impuntualidad. ¿Quién la entiende?
            Aceptas las delicias que con tanta dedicación preparó para ti, pero no las comes, las tragas, literalmente hablando, todo con tal de que ella no se ofenda y que, además, no llegues más tarde de lo que ya vas camino al trabajo.
             Ahora viene la segunda parte de tu show postpartusa de semana: ¿Qué chiva le inventó a mi jefe para justificar mi impuntualidad?
            Y ahí surge el increíble ingenio del chileno.
            Excusas por montones, sobran los pretextos creíbles que podrían salvarte jabonado de una eventual “PLR”. Sin pensarlo dos veces, le embolinamos la perdiz al superior con tal de no recibir el sobre azul, ni de dejar sin comida a los críos, ni de perder a nuestra compañera de vida (¿eso importará tanto? ¿O más bien será un alivio?)
            Como sea, el relojito despertador –aquel que tanta rabia nos produce cuando el sol despierta-, debiese ser como un padre a la antigua para nosotros: se les obedece, pero no al rato, sino que al instante, de esa forma nos evitaríamos andar por el mundo recibiendo órdenes, gritos, y de paso no mentiríamos, porque en Chile llegar tarde a algún evento – de cualquier tipo – generalmente implica contar alguna mentirilla, inocente o no.
            Aunque sabemos que a la semana siguiente, volveremos a ir a esa fiesta…

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