El Conde de Montecristo
Javier Alejandro Cisterna.
Un empastado que recuerda a la Biblia ofrece en su interior la historia más completa que pueda haber leído este mortal. Sin prejuicio de la degustación personal, me permito desafiar.
Edmond Dantés, marino y marsellés, por años y páginas entremezcladas, me contó miseria. Se dio el gusto de antes, incluso, augurar una cronología feliz. El atrevido, arrebatado, finalmente ilusionó mi verano, aleccionó mis días y me marcó con su venganza. Tan amarga para mí como para él.
Qué sentimiento, sino admiración, genera conocer a Alexandre Dumas acá. No acostumbro a odiar, pero su pluma me obligó.
Fernand Mondego es aquel amigo que no sabemos si nos necesita o estima. Arribista e hipócrita, ladrón de alcurnia. Nunca comprendió que la mujer del fraterno es mujer muerta.
Danglars, o mejor dicho, el Barón Danglars, como le gustó siempre ser llamado. No conocí nunca antes tamaña ambición. Hizo de la avaricia profesión. Un especulador, un déspota que siempre miró de reojo a mi buen compañero, sin que éste estuviese cerca de merecer su aversión.
Para el final, el procurador del Rey, el sucio que juega con las leyes, que entrevera las necesidades de un pueblo con las particulares. Mis más sinceras maldiciones, Gérard de Villefort.
Tres conspiradores sin pared, sembraron su bienaventuranza a costa de la desdicha de Dantés, prisionero de la cárcel más desesperanzadora del viejo mundo, el Castillo de If. Ahí, recluido, sabiéndose inocente, sobresaltó al joven lector con cada una de sus coyunturas, y, por sobre todo, lo martirizó con su duda. ¿Quién me traicionó? ¡Qué ganas Edmond de contarte la verdad! ¡Yo conocía tus traidores!
Creo que el ímpetu justiciero me hizo olvidar el orden de este recuento, puesto que, si hay un nombre que desencadena este conjunto de eslabones, es el de una mujer, Mercedes precisamente. Dulce al principio, menos dulce al final. Prometida del joven marsellés, desdichada por su tortura, esperó y lamentó la injusticia. Su amor era prístino y sincero. Creo.
Sin embargo, Mercedes, te casaste con Mondego, cuando habías ya perdido las esperanzas, tuviste un hijo con Mondego, cuando los años pasaron, te volviste condesa junto a Mondego, cuando los buenos días se te volvieron costumbre. Perdón, pero eres una traidora más.
Ninguna historia de amor verdadero termina bien.
Escapaste de tu cautiverio Dantés, y me arrastraste también a la libertad.
Lo primero que hiciste fue visitar a tus amigos y aliados, yo me volqué a la biblioteca. Cobraste revancha de tus malhechores, yo de mi tiempo perdido. Descubriste la amargura de la venganza perfecta, yo la de la amistad con páginas inertes.
De allí en más, Edmond, lideraste un escalafón que tenía en primer lugar al Coronel Aureliano.
Marcaste mi vida Dumas, con El conde de Montecristo.

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