Verano robado
Valeria Barahona.
En el colegio/convento nuestro baño de inmortalidad era superior al de un héroe griego, revistiéndonos de luz ante ese mundo exuberante de colores, sonidos, y sabores que el mundo conocido nos regalaba generosamente. Y a pesar de que las peleas con nuestros padres eran pan de cada día, sabíamos flotar en la piscina de ron y cubrir el cuerpo ajeno de látex para celebrar la noche entera, tal como Livia Spector, la protagonista de Verano Robado, novela con que María José Viera-Gallo debutó en 2006.
El mismo año abandoné el colegio, 30 días antes, con el expediente de ‘egreso anticipado por problemas de salud’. Justo después de ese viernes de la fiesta en la casa de campo de una compañera. Aquella noche pensé que la borrachera nos duraría la vida entera, ya que la piscina estaba cubierta por botellas de ron Mitjans, junto a las pastillitas mágicas verdes con corazoncitos que corrieron a destajo dibujando elefantes rosados en el cielo.
Mientras afuera brindaban por Sor María Mónica y la clase en que nos enseñó a usar el condón, con Felipe en la pieza de la nana llevamos la teoría a la práctica, encerrando ahí para siempre los niños que alguna vez fuimos. Faltaba un mes para colgar el jumper, y como señala Viera-Gallo a veces estamos tan atados a lo que odiamos que da pánico dejarlo. La realidad tras la muralla damasco del convento nos aterraba de tan sólo imaginar con qué tipo de personas tendríamos que compartir en la anhelada universidad tradicional, gente venida de quién sabe dónde, y ante la que probablemente parecíamos una tropa de burguesitas con el futuro ya resuelto.
Pasaron cuatro años, otra ciudad, personas nuevas y aún me duermo al amanecer pensando que yo y el mundo siempre vamos a hacer (sic) cortocircuito, debido a que mis contemporáneos no leen a quienes amo, factor que a ratos agradezco, ya que a veces da vergüenza mostrar lo que lees, porque hay algo tuyo ahí escondido. Tampoco tararean el playlist que llevó en el Walkman, aunque me gusta así. Lo normal me aburre. Hoy día todos quieren parecerse a los demás, y hay tardes en que tener una conversación estúpida con un desconocido es todo lo que necesito para sentirme mejor.
No sé si el utilizar ron como enjuague bucal y las pastillas mágicas afectan algún rincón del cerebro, pero luchar por ser feliz es tan difícil como evitar la avanzada de la cadena de supermercados Líder, y ante la mezcla de personas que sólo el destino sabe por qué junto en una sala, ayudan bastante. Todavía quiero a mis amigos del colegio, nuestras floridas fiestas y, por sobre todo, mi eterna adolescencia. Tal como Livia Spector.



