domingo, 19 de diciembre de 2010

ADOLESCENCIA EN ÉXTASIS, RON, Y LÁTEX


Verano robado

Valeria Barahona.         

             En el colegio/convento nuestro baño de inmortalidad era superior al de un héroe griego, revistiéndonos de luz ante ese mundo exuberante de colores, sonidos, y sabores que el mundo conocido nos regalaba generosamente. Y a pesar de que las peleas con nuestros padres eran pan de cada día, sabíamos flotar en la piscina de ron y cubrir el cuerpo ajeno de látex para celebrar la noche entera, tal como Livia Spector, la protagonista de Verano Robado, novela con que María José Viera-Gallo debutó en 2006.
            El mismo año abandoné el colegio, 30 días antes, con el expediente de ‘egreso anticipado por problemas de salud’. Justo después de ese viernes de la fiesta en la casa de campo de una compañera. Aquella noche pensé que la borrachera nos duraría la vida entera, ya que la piscina estaba cubierta por botellas de ron Mitjans, junto a las pastillitas mágicas verdes con corazoncitos que corrieron a destajo dibujando elefantes rosados en el cielo.
            Mientras afuera brindaban por Sor María Mónica y la clase en que nos enseñó a usar el condón, con Felipe en la pieza de la nana llevamos la teoría a la práctica, encerrando ahí para siempre los niños que alguna vez fuimos. Faltaba un mes para colgar el jumper, y como señala Viera-Gallo a veces estamos tan atados a lo que odiamos que da pánico dejarlo. La realidad tras la muralla damasco del convento nos aterraba de tan sólo imaginar con qué tipo de personas tendríamos que compartir en la anhelada universidad tradicional, gente venida de quién sabe dónde, y ante la que probablemente parecíamos una tropa de burguesitas con el futuro ya resuelto.
            Pasaron cuatro años, otra ciudad, personas nuevas y aún me duermo al amanecer pensando que yo y el mundo siempre vamos a hacer (sic) cortocircuito, debido a que mis contemporáneos no leen a quienes amo, factor que a ratos agradezco, ya que a veces da vergüenza mostrar lo que lees, porque hay algo tuyo ahí escondido. Tampoco tararean el playlist que llevó en el Walkman, aunque me gusta así. Lo normal me aburre. Hoy día todos quieren parecerse a los demás, y hay tardes en que tener una conversación estúpida con un desconocido es todo lo que necesito para sentirme mejor.
            No sé si el utilizar ron como enjuague bucal y las pastillas mágicas afectan algún rincón del cerebro, pero luchar por ser feliz es tan difícil como evitar la avanzada de la cadena de supermercados Líder, y ante la mezcla de personas que sólo el destino sabe por qué junto en una sala, ayudan bastante. Todavía quiero a mis amigos del colegio, nuestras floridas fiestas y, por sobre todo, mi eterna adolescencia. Tal como Livia Spector.

EDMOND, MI VIEJO AMIGO


El Conde de Montecristo
Javier Alejandro Cisterna.

            Un empastado que recuerda a la Biblia ofrece en su interior la historia más completa que pueda haber leído este mortal. Sin prejuicio de la degustación personal, me permito desafiar.
            Edmond Dantés, marino y marsellés, por años y páginas entremezcladas, me contó miseria. Se dio el gusto de antes, incluso, augurar una cronología feliz. El atrevido, arrebatado, finalmente ilusionó mi verano, aleccionó mis días y me marcó con su venganza. Tan amarga para mí como para él.
            Qué sentimiento, sino admiración, genera conocer a Alexandre Dumas acá. No acostumbro a odiar, pero su pluma me obligó.       
            Fernand Mondego es aquel amigo que no sabemos si nos necesita o estima. Arribista e hipócrita, ladrón de alcurnia. Nunca comprendió que la mujer del fraterno es mujer muerta.    
            Danglars, o mejor dicho, el Barón Danglars, como le gustó siempre ser llamado. No conocí nunca antes tamaña ambición. Hizo de la avaricia profesión. Un especulador, un déspota que siempre miró de reojo a mi buen compañero, sin que éste estuviese cerca de merecer su aversión.    
            Para el final, el procurador del Rey, el sucio que juega con las leyes, que entrevera las necesidades de un pueblo con las particulares. Mis más sinceras maldiciones, Gérard de Villefort.
            Tres conspiradores sin pared, sembraron su bienaventuranza a costa de la desdicha de Dantés, prisionero de la cárcel más desesperanzadora del viejo mundo, el Castillo de If. Ahí, recluido, sabiéndose inocente, sobresaltó al joven lector con cada una de sus coyunturas, y, por sobre todo, lo martirizó con su duda. ¿Quién me traicionó? ¡Qué ganas Edmond de contarte la verdad! ¡Yo conocía tus traidores!
            Creo que el ímpetu justiciero me hizo olvidar el orden de este recuento, puesto que, si hay un nombre que desencadena este conjunto de eslabones, es el de una mujer, Mercedes precisamente. Dulce al principio, menos dulce al final. Prometida del joven marsellés, desdichada por su tortura, esperó y lamentó la injusticia. Su amor era prístino y sincero. Creo.
            Sin embargo, Mercedes, te casaste con Mondego, cuando habías ya perdido las esperanzas, tuviste un hijo con Mondego, cuando los años pasaron, te volviste condesa junto a Mondego, cuando los buenos días se te volvieron costumbre. Perdón, pero eres una traidora más.
            Ninguna historia de amor verdadero termina bien.
            Escapaste de tu cautiverio Dantés, y me arrastraste también a la libertad.
            Lo primero que hiciste fue visitar a tus amigos y aliados, yo me volqué a la biblioteca. Cobraste revancha de tus malhechores, yo de mi tiempo perdido. Descubriste la amargura de la venganza perfecta, yo la de la amistad con páginas inertes.
            De allí en más, Edmond, lideraste un escalafón que tenía en primer lugar al Coronel Aureliano.
            Marcaste mi vida Dumas, con El conde de Montecristo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

LO QUE ELLAS QUIEREN


Orgullo y prejuicio


Camila Mellado Vargas.

De todos los galanes que abundan en la literatura, no hay quien iguale a Mister Darcy. Él es el galán por excelencia, quien recolecta suspiros desde hace más de 200 años y que en las últimas décadas se ha visto fortalecido por las adaptaciones que han hecho de su épico romance el cine y la televisión.

Pero, ¿qué tiene que lo hace tan deseable? Es la gran pregunta que buscaba contestar al leerlo hace ya un par de años. Apenas comienza la novela uno tiene una clara y firme respuesta. Nada. Mister Darcy es un perfecto cretino. Petulante, altanero y profundamente descortés, habría hecho llorar a cualquier chica contemporánea con sus desplantes. Pero no a Elizabeth Bennet.

Lo de ellos dos es a primera vista. Él la ve y la ama, ella lo ve y lo odia y ambos lo hacen apasionadamente. Pero el rechazo de ella es interpretado por el guapo y millonario Darcy como una forma novedosa de atraer su atención, ¿Quién podría pensar otra cosa? Él tiene todo para ser el mejor partido y ni yo, con lo quisquillosa que soy, me atrevería a desairarlo.

Con esta certeza toca ver, no con poco humor y compasión, cómo se estrella contra un muro de cemento cuando intenta declararse. En el alboroto ambos se acusan de crímenes imperdonables. Ella, de tener una familia de vergüenzas y de carecer de dote y posición social. Él, de ser un desalmado sin criterio ni modales. Comienza entonces la épica hazaña que le daría a Darcy el corazón de Lizzy y el de cientos de mujeres alrededor del mundo la de convertirse en una mejor persona por ella.

Casi tan grande como el prejuicio de ambos era el mío ¿Una novela romántica, de la época victoriana y escrita por una adolescente? Por respeto a mi reputación e imagen pública, la leí casi escondida. Pero apenas en la primera línea el miedo se disipó. ‘Es una verdad mundialmente reconocida que todo hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa’. Con éste, el más célebre comienzo novelesco de lengua inglesa, inicia el relato extrañamente fresco y moderno, plagado de humor e ironía, de una de las más entrañables historias de amor de la literatura.

¿El argumento? La superación y la búsqueda de la pareja perfecta. ¿Los obstáculos?, el orgullo y, por supuesto, el prejuicio de ambos.

Poblada de personajes llenos de humor y humanidad, como la una madre casamentera y el padre que ha perdido la fuerza y el interés para controlarla, o el eterno libertino, mentiroso y mujeriego, pero profundamente encantador de Wickham, construyen el escenario perfecto para hacer de “Orgullo y Prejuicio” uno de los más fieles representantes del género romántico. Con la salvedad de que la mayoría de los ahora clichés que abundan en el género e incluso en el amor son inventados en sus páginas.

SIN CONFUSIÓN, HAY CONFUSIÓN


"Niebla", Miguel de Unamuno
 Isabel Reyes Bustos.

  “Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa”.
  La realidad es una niebla. Se presenta de manera oscura, turbia y borrosa, provocando en el hombre la necesidad de cuestionarse sobre el significado de su vida. Sus propias preguntas son aquellas que lo dejan inserto en su propia niebla. Mientras más signos de interrogación existan, más gruesos son los límites de la niebla y más difícil la salida. Un problema de existencialismo. Nace la necesidad de complementar el rol de científico y de rana al mismo tiempo, experimentando en uno mismo. Confundir lo negro con lo blanco, lo verdadero con lo falso, la ficción con la realidad, todo dentro de una misma niebla. Sin confusión, hay confusión.
La vida, la muerte, la existencia auténtica, el amor y la familia, son hechos que, a medida que las hojas del calendario van muriendo, van perdiendo vigencia o entrando en conflicto. Unamuno representa aquel cuestionamiento a través de Augusto, el personaje principal, quien se considera un muñeco de niebla que vagó durante años como un fantasma sin creer en su propia existencia. Hay un problema de existencialismo importante, y el autor así lo reflejó: “lo más libertador del arte es que le hace a uno dudar de que exista”. Augusto no fue más que un ente de ficción producto de la fantasía de Unamuno y Unamuno no fue más que el pretexto para que la historia de Augusto llegara al mundo.
Somos los que menos sabemos de nuestra propia existencia. No existimos sino para el resto y así sucesivamente en cada uno de nosotros. Estamos insertos en una niebla.