lunes, 29 de noviembre de 2010

Entre copas y risas



Por Ignacio Fuentes.


  Empieza a arder todo. El fuego comienza su travesía poco a poco hasta atrapar por completo los sentidos ya alterados. Ese primer trago, ese beso es el que a uno lo saca de apuros, lo calma, le permite olvidar las últimas horas tan angustiosas. Es que todo forma parte de un perfecto protocolo que, como ritual, deja sentirme fuera de este mundo, aunque sea sólo por un rato. Copas que suben y bajan desde la mesa hasta la boca en un juego interminable de bailes y risas liberados desde el más puro placer humano. ¿Qué mejor? Es casi un arte.
  Estos momentos de abuso etílico son los que convierten a la persona más cuadrada en un orador de grandes aventuras. Nadie se escapa del veneno. Lo que pasa, es que el acto de beber es más que una distracción, más que ratos de ocio o problemas de adictos. Compartir una cerveza implica aprender mil y una ideas acerca de la vida. Es conocer al prójimo desde el interior, desde los pensamientos más profundos que uno guarda en sus entrañas. Las mejores pláticas surgen siempre al fragor una botella. Esas charlas de horas que recorren la vida desde lo filosófico a lo banal. He ahí el meollo del asunto. El alcohol es un ente liberador que nos permite quebrar momentáneamente las cadenas de la monotonía para darnos  el lujo de reírnos un poco de la vida misma.
  Enciendo un cigarrillo. Otra copa a la mesa, por favor.
  Cuánta gente me ha tildado de vicioso, de vividor, de alcohólico. Puras patrañas. Algunos dicen que el problema comienza cuando uno no es capaz de asumirlo. Yo discrepo. La historia de mis años – y la de muchos amigos – ha escrito en mis días rutinas que se repiten durante el hoy, el mañana y el ayer. El tener que cumplir con el curso antinatural de la vida ha hecho necesario para mí, como manera de mantener la cordura,  reflejar mis sueños en las gotas de alcohol. Eso no es un problema, ¡no, señor! Es un viaje de ida y vuelta hacia las tierras de Dionisio. Es la aventura que permite a muchos olvidar horarios y rutinas para darle paso libre a todos los placeres que nosotros mismos olvidamos durante el día a día. Hedonismo puro, de eso estoy hablando. A mí no me parece un problema, más bien me parece una solución. A varios les hace falta una copa.
  Entonces, pues, lo invito a usted a tomar asiento y platicar acerca de las cosas que tanto nos gustan. Riámonos de esos viejos chistes que nunca mueren. Recordemos a los grandes amigos que el destino ha alejado de uno. Tomémonos otro vinito y brindemos por la familia. ¡Un salud por mis queridos hijos! ¡Un salud por esos grandes amores! Vivir la vida implica disfrutar estos pequeños momentos. No todo giran en torno a cuentas y números, también hay que darle tiempo a los abrazos y las carcajadas. Brindar por algo es hacer presente los mejores momentos de la vida. ¡Que suenen fuerte esas copas! Olvidémonos de los problemas y sintámonos tan libres como en nuestros años de juventud.
  Este último trago es por nosotros, por los buenos momentos, por las grandes historias, por los romances sufridos, por las incontables risas, por los amigos, por la familia, ¡por la propia vida! Mañana será tiempo de volver a la realidad, pero no se aflijan, que esta noche es nuestra. ¡Salud!

martes, 16 de noviembre de 2010

A la tarantella la licenciatura


Por Camila Beltrán Cabrera.
¡Horror! Me licenciaba. Y no lo digo por cosas de nostalgias o pena, nada de eso, sino que tendría que aguantar aproximadamente cuatro horas en la espera de mi cartón que cerciora que egresé de cuarto medio. Aburrimiento en extremo, con gente que, aunque pasé buenos momentos con ellos, me alteraba la idea de guardar formalidades y ni siquiera poder cruzar una palabra, sino que mediante gestos podría indicarles que estaba en putrefacción o me convertía en crisálida.
Un amigo estaba feliz por este día: Carlos. Lo miraba y me sonreía de tal forma que quizás en unos momentos me contagió. Es que él realizaría algo importante ese día: tocaría “tarantella”, un tema rápido y sólo para los más ágiles y entendidos en música. Estuvo todo el año preparándose (soy testigo fiel de aquello), y a pesar de que es un excelente músico, interpretar esa canción era un desafío. Después de todo los trámites correspondientes (un cura “bendiciéndonos”, el típico blablá de los profesores deseándonos una buena y próspera vida, cuando en realidad lo único que querían era que aquella ceremonia del demonio acabara, y otras estupideces que no recuerdo pero fueron eternas), era el turno de Carlitos: su momento de gloria había llegado. Subió un tanto tímido al escenario, y observó al vacío un rato, yo le esbocé una fingida sonrisa y él rió (conocía mi ironía). Al iniciar, hubo un desperfecto en sonido. Mal augurio para muchos, pero para él jamás. Al deslizar sus dedos en aquella guitarra acústica Gibson que su abuelo le regaló con un esfuerzo sufrido, muchos rieron, pero no porque Carlos fuera una basura, sino porque los punteos a la velocidad de la luz desconcertaron a todos, al punto de que a algunos se conmovieron (vi gente llorar). Incluso un par de viejos se levantaron de sus sillas con la intención de bailar, imagino (no los culpo, yo igual tuve ganas de mover el esqueleto un rato). El profesor de música quedó estático, era una grata sorpresa, ya que Carlos estuvo inseguro hasta el día anterior de la licenciatura y no mostraba grandes expectativas en su desempeño. 
Ya no era una ceremonia agobiante, era una fiesta. 
Todavía se lo agradezco a Carlos, todavía le agradezco que haya cambiado mi día y el de muchos, estoy segura. Ya no recibimos los diplomas de manera solemne y respetuosa, si no que la adrenalina nos llevaba a equivocarnos y que todo fueran risas y juegos, como un día normal de clases, incluso el rector reía de nuestras chiquilladas, mandando al carajo toda la compostura simulada. Fue un buen día, digno de recordar.

martes, 2 de noviembre de 2010

No puntual, no veraz


Por Jaime Jiménez Palma.


            “Media horita más”
            “Quince minutitos”
            “Un ratito no más”
            Esta es una de las innumerables consecuencias que acarrea participar de un carrete en plena semana.
            Sin duda, para nadie debe ser agradable levantarse a las 7 de la mañana a trabajar,  dejando atrás una noche llena de bailoteo, comida y otras cochinadas más que vaya a saber uno en qué fueron – o irán – a terminar.
            Si no te despiertas pronto, es más que seguro que llegará tu peor es na’ y te subirá y bajará a palabrotas -cual ascensor-, para convencerte de que vayas a la pega, escudándose en el pretexto de que “hay que alimentar a los niños”. ¡Uf!
            Aún sabiendo que estás súper atrasado, tu mujer te persuade para marchar rumbo al empleo que tanto adoras, y tú recién –cuando son las 7:30 am.- das el primer paso: girar la llave. Sí, basta con un simple giro para que sientas caer un majestuoso chorrear sobre ti, refrescante, tranquilizador, placentero; un momento único por el cual darías la vida si fuese posible.
            Y es en ese contexto, lleno de nubes y algodón, que tu cerebro te devuelve al mundo terrenal y logra que recuerdes el discurso de tu “geisha” diciéndote “hay que alimentar a los niños. No llegues tarde que te pueden despedir”.
            De ahí en adelante nadie te para. Si rememorar a tu mujer diciendo eso, es como ver a una ánima merodeando tu habitación: una pesadilla. Por ello te vuelves medio histérico tratando de apurar el paso, a tal punto que llegas a convertirte en una especie de correcaminos persiguiendo a su coyote. Mal.
            Pero después de toda esta travesía que ha significado tu lavado corporal diario, aflora en tu amante su lado más amable y desconocido: te ofrece dos tostadas con un juguito de naranja recién exprimido.
            Es ahí cuando tú ya no das más. No hay cómo entenderla.
            Te ofrece desayuno cuando ya son las 8 de la mañana, y tú a esa altura del cucú, ya deberías estar sentado en la oficina escribiendo el primer informe del día. ¿Acaso tu mujer es bipolar? Por un lado te incentiva la puntualidad y por otro la impuntualidad. ¿Quién la entiende?
            Aceptas las delicias que con tanta dedicación preparó para ti, pero no las comes, las tragas, literalmente hablando, todo con tal de que ella no se ofenda y que, además, no llegues más tarde de lo que ya vas camino al trabajo.
             Ahora viene la segunda parte de tu show postpartusa de semana: ¿Qué chiva le inventó a mi jefe para justificar mi impuntualidad?
            Y ahí surge el increíble ingenio del chileno.
            Excusas por montones, sobran los pretextos creíbles que podrían salvarte jabonado de una eventual “PLR”. Sin pensarlo dos veces, le embolinamos la perdiz al superior con tal de no recibir el sobre azul, ni de dejar sin comida a los críos, ni de perder a nuestra compañera de vida (¿eso importará tanto? ¿O más bien será un alivio?)
            Como sea, el relojito despertador –aquel que tanta rabia nos produce cuando el sol despierta-, debiese ser como un padre a la antigua para nosotros: se les obedece, pero no al rato, sino que al instante, de esa forma nos evitaríamos andar por el mundo recibiendo órdenes, gritos, y de paso no mentiríamos, porque en Chile llegar tarde a algún evento – de cualquier tipo – generalmente implica contar alguna mentirilla, inocente o no.
            Aunque sabemos que a la semana siguiente, volveremos a ir a esa fiesta…