lunes, 13 de junio de 2011

Desde los mares del sur, a los mares del sabor



Consuelo Beatriz Emhardt Vera

  En cuanto a paladar se trata, no puedo dejar de pensar en Puerto Montt, aquella ciudad en que no solo fui a nacer, sino que también en la cual conocí lo que es realmente un plato de merluza con papas y ensaladas, además del pan amasado con pebre para “engañar la tripa” antes del plato de fondo.
  Una hora de viaje en auto desde Fresia para poder saborear espina por espina aquel pez capturado en las mismas aguas que rodean a Angelmó. La ansiedad puede llegar a ser una tortura sobre todo si ya sabes a lo que vas. Al llegar a tan famoso lugar característico de nuestro país, las señoras chamullan de una manera impresionante tratándote de “caserito o caserita”, ofrecen los platos de comida de sus locales que según ellas son los mejores; yo simplemente sonrío y les agradezco porque ya sé adónde voy.
  En “El Apa”, local número 5, las señoras te reciben con un cariño que se respira en el aire. No pido carta porque sé exactamente lo que quiero. Si los lobos marinos del lugar andan de humor, acompañan durante el apetitoso almuerzo sureño, por eso siempre me siento junto a la ventana, para además de disfrutar de la comida, apreciar lo que se vive afuera: pescadores ofreciendo paseos en bote, pelícanos con peces en sus picos, a veces lluvia, a veces sol.
  Siento el olor a fritura, ya que la cocina es abierta y hasta se puede ver cómo poco a poco el pescado va tomando color. Al mismo tiempo, saboreo el pan amasado con el exquisito pebre picante que de vez en cuando me obliga a tomar un sorbo de jugo. Cuando la señora llega con el inmenso plato con casi media merluza acompañada de papas cocidas humeantes recién salidas de la olla, ensalada de tomate y lechuga fresca, suspiro profundamente, tomo tenedor y cuchillo y ataco.
  A veces, mientras disfruto de aquella carne blanca y suave que resbala juguetona entre mi lengua hasta llegar al largo tobogán que la lleva a su perdición, me dedico a observar como buena chilena qué están comiendo los demás y, como el local es chico, más de alguna vez he podido oír conversaciones ajenas bastante interesantes. Los demás platos se ven cautivantes, sin embargo, no cambio mi favorito, puede que lo sea porque es el único pescado que ha logrado conquistar mi paladar.
  La conserva de murta con membrillo que preparaba mi abuela era la mejor, pero la de “El Apa” no está nada de mal, luego de comer este postre que no sólo alimenta a mi estómago sino también a mis recuerdos, dejo la propina y regreso a mi hogar con la guatita llena y el corazón contento.

martes, 4 de enero de 2011

Mi padre y Truman Capote


A SANGRE FRÍA

 

Por Stefan Amthauer H.

Eligio siempre me introdujo a la música, al conocimiento de mundo, la importancia de la inteligencia, la literatura y el cine. Es por eso que recuerdo tan bien que, cuando niño, cada fin de semana con mi padre arrendábamos una película, él completamente en desacuerdo con las producciones gringas, esas tan livianas que por minuto se siente 1,3 grados más de estupidez. El introductor y yo llegábamos a un acuerdo sobre qué sería bueno llevarse.
Mi criterio cabía en su confianza y siempre me decía:
— A ver, escoge tú. Tienes ojo para las buenas.
Un día, se topó con la producción fílmica del libro “A sangre fría”, de Truman Capote. Película tipo documental que hablaba del autor, Capote, y su involucramiento con el estudio del caso policial del cual trata la novela. Genial, un autor alcohólico, gay e interesado en un asesinato, pensaba en ese momento. Nos sentamos, la pusimos y la vimos. No sabía en qué me había metido, y fueron dos horas excelentes, con Philip Seymour Hoffman de anfitrión. Algo me quedó dando vueltas con esa película.
Al mes, mi padre encontró el libro original en su biblioteca personal.
— Toma — me dijo —, aquí está el libro de la película del otro día. Léelo, es realmente muy bueno
Sinceramente al principio no le di mucha importancia y lo guardé en el inicio de mi pequeña biblioteca.
Pasaron tres años y él ya no está conmigo. Vivo distinto, me veo forzado a seguir la cosa como venga ahora. Aunque no transcurre un día en que no piense en él, o no lo sienta cerca.
Pasaron tres años y entré a estudiar Periodismo. Me dieron un libro para leer en una asignatura: “A sangre fría”. Me suena, creo que lo tengo, pensé de repente, caminando.
Pasaron tres años y ahí estaba el libro que me entregó mi padre. En el mismo lugar en donde yo lo había dejado. Lo tomé, se lo agradecí. Fue como diciéndome: lo logré, ahora estás obligado a leerlo.
Bueno, lo leí. Fue como un regalo. En verdad, como una última historia que él mismo me podría ir contando. Fue eso lo que permitió que lograra sumirme en la historia con todas sus letras. Comprender y empatizar con cada una de las situaciones. Pena por una familia.
Libros me he leído varios, sólo que ninguno me lo había relatado mi papá.

A mi padre, Eligio Amthauer.

domingo, 19 de diciembre de 2010

ADOLESCENCIA EN ÉXTASIS, RON, Y LÁTEX


Verano robado

Valeria Barahona.         

             En el colegio/convento nuestro baño de inmortalidad era superior al de un héroe griego, revistiéndonos de luz ante ese mundo exuberante de colores, sonidos, y sabores que el mundo conocido nos regalaba generosamente. Y a pesar de que las peleas con nuestros padres eran pan de cada día, sabíamos flotar en la piscina de ron y cubrir el cuerpo ajeno de látex para celebrar la noche entera, tal como Livia Spector, la protagonista de Verano Robado, novela con que María José Viera-Gallo debutó en 2006.
            El mismo año abandoné el colegio, 30 días antes, con el expediente de ‘egreso anticipado por problemas de salud’. Justo después de ese viernes de la fiesta en la casa de campo de una compañera. Aquella noche pensé que la borrachera nos duraría la vida entera, ya que la piscina estaba cubierta por botellas de ron Mitjans, junto a las pastillitas mágicas verdes con corazoncitos que corrieron a destajo dibujando elefantes rosados en el cielo.
            Mientras afuera brindaban por Sor María Mónica y la clase en que nos enseñó a usar el condón, con Felipe en la pieza de la nana llevamos la teoría a la práctica, encerrando ahí para siempre los niños que alguna vez fuimos. Faltaba un mes para colgar el jumper, y como señala Viera-Gallo a veces estamos tan atados a lo que odiamos que da pánico dejarlo. La realidad tras la muralla damasco del convento nos aterraba de tan sólo imaginar con qué tipo de personas tendríamos que compartir en la anhelada universidad tradicional, gente venida de quién sabe dónde, y ante la que probablemente parecíamos una tropa de burguesitas con el futuro ya resuelto.
            Pasaron cuatro años, otra ciudad, personas nuevas y aún me duermo al amanecer pensando que yo y el mundo siempre vamos a hacer (sic) cortocircuito, debido a que mis contemporáneos no leen a quienes amo, factor que a ratos agradezco, ya que a veces da vergüenza mostrar lo que lees, porque hay algo tuyo ahí escondido. Tampoco tararean el playlist que llevó en el Walkman, aunque me gusta así. Lo normal me aburre. Hoy día todos quieren parecerse a los demás, y hay tardes en que tener una conversación estúpida con un desconocido es todo lo que necesito para sentirme mejor.
            No sé si el utilizar ron como enjuague bucal y las pastillas mágicas afectan algún rincón del cerebro, pero luchar por ser feliz es tan difícil como evitar la avanzada de la cadena de supermercados Líder, y ante la mezcla de personas que sólo el destino sabe por qué junto en una sala, ayudan bastante. Todavía quiero a mis amigos del colegio, nuestras floridas fiestas y, por sobre todo, mi eterna adolescencia. Tal como Livia Spector.

EDMOND, MI VIEJO AMIGO


El Conde de Montecristo
Javier Alejandro Cisterna.

            Un empastado que recuerda a la Biblia ofrece en su interior la historia más completa que pueda haber leído este mortal. Sin prejuicio de la degustación personal, me permito desafiar.
            Edmond Dantés, marino y marsellés, por años y páginas entremezcladas, me contó miseria. Se dio el gusto de antes, incluso, augurar una cronología feliz. El atrevido, arrebatado, finalmente ilusionó mi verano, aleccionó mis días y me marcó con su venganza. Tan amarga para mí como para él.
            Qué sentimiento, sino admiración, genera conocer a Alexandre Dumas acá. No acostumbro a odiar, pero su pluma me obligó.       
            Fernand Mondego es aquel amigo que no sabemos si nos necesita o estima. Arribista e hipócrita, ladrón de alcurnia. Nunca comprendió que la mujer del fraterno es mujer muerta.    
            Danglars, o mejor dicho, el Barón Danglars, como le gustó siempre ser llamado. No conocí nunca antes tamaña ambición. Hizo de la avaricia profesión. Un especulador, un déspota que siempre miró de reojo a mi buen compañero, sin que éste estuviese cerca de merecer su aversión.    
            Para el final, el procurador del Rey, el sucio que juega con las leyes, que entrevera las necesidades de un pueblo con las particulares. Mis más sinceras maldiciones, Gérard de Villefort.
            Tres conspiradores sin pared, sembraron su bienaventuranza a costa de la desdicha de Dantés, prisionero de la cárcel más desesperanzadora del viejo mundo, el Castillo de If. Ahí, recluido, sabiéndose inocente, sobresaltó al joven lector con cada una de sus coyunturas, y, por sobre todo, lo martirizó con su duda. ¿Quién me traicionó? ¡Qué ganas Edmond de contarte la verdad! ¡Yo conocía tus traidores!
            Creo que el ímpetu justiciero me hizo olvidar el orden de este recuento, puesto que, si hay un nombre que desencadena este conjunto de eslabones, es el de una mujer, Mercedes precisamente. Dulce al principio, menos dulce al final. Prometida del joven marsellés, desdichada por su tortura, esperó y lamentó la injusticia. Su amor era prístino y sincero. Creo.
            Sin embargo, Mercedes, te casaste con Mondego, cuando habías ya perdido las esperanzas, tuviste un hijo con Mondego, cuando los años pasaron, te volviste condesa junto a Mondego, cuando los buenos días se te volvieron costumbre. Perdón, pero eres una traidora más.
            Ninguna historia de amor verdadero termina bien.
            Escapaste de tu cautiverio Dantés, y me arrastraste también a la libertad.
            Lo primero que hiciste fue visitar a tus amigos y aliados, yo me volqué a la biblioteca. Cobraste revancha de tus malhechores, yo de mi tiempo perdido. Descubriste la amargura de la venganza perfecta, yo la de la amistad con páginas inertes.
            De allí en más, Edmond, lideraste un escalafón que tenía en primer lugar al Coronel Aureliano.
            Marcaste mi vida Dumas, con El conde de Montecristo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

LO QUE ELLAS QUIEREN


Orgullo y prejuicio


Camila Mellado Vargas.

De todos los galanes que abundan en la literatura, no hay quien iguale a Mister Darcy. Él es el galán por excelencia, quien recolecta suspiros desde hace más de 200 años y que en las últimas décadas se ha visto fortalecido por las adaptaciones que han hecho de su épico romance el cine y la televisión.

Pero, ¿qué tiene que lo hace tan deseable? Es la gran pregunta que buscaba contestar al leerlo hace ya un par de años. Apenas comienza la novela uno tiene una clara y firme respuesta. Nada. Mister Darcy es un perfecto cretino. Petulante, altanero y profundamente descortés, habría hecho llorar a cualquier chica contemporánea con sus desplantes. Pero no a Elizabeth Bennet.

Lo de ellos dos es a primera vista. Él la ve y la ama, ella lo ve y lo odia y ambos lo hacen apasionadamente. Pero el rechazo de ella es interpretado por el guapo y millonario Darcy como una forma novedosa de atraer su atención, ¿Quién podría pensar otra cosa? Él tiene todo para ser el mejor partido y ni yo, con lo quisquillosa que soy, me atrevería a desairarlo.

Con esta certeza toca ver, no con poco humor y compasión, cómo se estrella contra un muro de cemento cuando intenta declararse. En el alboroto ambos se acusan de crímenes imperdonables. Ella, de tener una familia de vergüenzas y de carecer de dote y posición social. Él, de ser un desalmado sin criterio ni modales. Comienza entonces la épica hazaña que le daría a Darcy el corazón de Lizzy y el de cientos de mujeres alrededor del mundo la de convertirse en una mejor persona por ella.

Casi tan grande como el prejuicio de ambos era el mío ¿Una novela romántica, de la época victoriana y escrita por una adolescente? Por respeto a mi reputación e imagen pública, la leí casi escondida. Pero apenas en la primera línea el miedo se disipó. ‘Es una verdad mundialmente reconocida que todo hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa’. Con éste, el más célebre comienzo novelesco de lengua inglesa, inicia el relato extrañamente fresco y moderno, plagado de humor e ironía, de una de las más entrañables historias de amor de la literatura.

¿El argumento? La superación y la búsqueda de la pareja perfecta. ¿Los obstáculos?, el orgullo y, por supuesto, el prejuicio de ambos.

Poblada de personajes llenos de humor y humanidad, como la una madre casamentera y el padre que ha perdido la fuerza y el interés para controlarla, o el eterno libertino, mentiroso y mujeriego, pero profundamente encantador de Wickham, construyen el escenario perfecto para hacer de “Orgullo y Prejuicio” uno de los más fieles representantes del género romántico. Con la salvedad de que la mayoría de los ahora clichés que abundan en el género e incluso en el amor son inventados en sus páginas.