Por Cynthia Alejandra Yobánolo Arias.
Zapatos, concepto genérico que huele a discriminación. Es como hablar de “ellos”, cuando en la tropa también hay féminas. Yo no hablo de mis zapatos, porque no los poseo, pero sí hablo de mis zapatillas.
El desliz en el piso maderero a las siete de la mañana. El suelo cruje cual muelle estancado en los lugares más recónditos del sur del país. Luego un escalón, para ser seguido por otro, un “click”, de llaves y comienza un nuevo recorrido.
Uno tras del otro se embetunan de toda cantidad de mugres indeseables. Ni el soldado, ni el héroe en la peor guerra, donde se halla en juego todo su honor, la cantidad descomunal de placas que figuran en su solapa y, como si fuese poco, su propio nombre, estarían dispuestos a recibir cuanta humillación reciben mis zapatillas. Créame, lector, no es intencional.
Luego, mis zapatillas se convierten en juventud. El parcito aguarda no caminar un trayecto kilométrico. Se posan en la vereda y esperan el autobús. Al parecer los choferes las distinguen con sumo cuidado, las observan. Luego paran y cuando la zapatilla más alentada está a punto de posarse en el primer escalón, el conductor sin piedad alguna hunde el pie a fondo, la máquina ruge y acelera. La zapatilla alentada se incorpora, retrocede de inmediato, gesticula técnicamente con sus cordones y luego se nutre de crueles sentimientos, resignación.
Una vez que un par de zapatos Caterpillar se apiada del parcito, éstas pueden ingresar sin problema a la máquina que les facilitará una larga travesía. Acomodadas en el espacio que corresponde al asiento del autobús, comienzan a moverse en rectas direcciones, hacia arriba y luego hacia abajo. Una señal corporal les indica el estímulo, las vibraciones sonoras se agudizan, mis zapatillas siguen en movimiento al compás de la batería. Al parecer, gustan del rock and roll, gustan de “Please, please me”, gustan de The Beatles.
Y sí, resulta insólito escribir sobre objetos supuestamente inertes, pero yo no creo que sea tan así. ¿Han escuchado alguna vez el dicho popular, “No me gustaría estar en tus zapatos”? Pues, lector, me atrevo a afirmar que sí le gustaría estar en mis zapatillas. Ellas absorben más de lo que yo podría captar. Ellas seducen y dejan huella en todo espacio que recorren. Dejan una marca tangible, única, que la tierra no olvida, que el cemento rechaza, que el parquet palpa y que la madera delata al son de un llanto espeluznante.
Así como quienes las han conocido no las olvidan, ellas tampoco. Usufructúan de un talento magnífico para recordar, porque cada hecho les parece relevante, porque están obligadas a vivir en mi mundo. A pesar de eso ellas no hablan, al igual que todas las zapatillas del mundo. Quizás si los espías, los carabineros o la PDI fuesen zapatillas, Chile sería un país delincuente. Aun de esta manera, agradezco que las mías no hablen, de otra manera estaría involucrada en una inconmensurable dificultad, alquilando un cuarto barato en medio de la inmensidad.

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