Por Ignacio Fuentes Gálvez.
¿Cómo plasmo estas sucias manos en el denigrante papel? Es que estoy hasta la coronilla con tanto trámite, con tanto papeleo, tanta ridiculez. Nadie puede con esta insistente burro-cracia, porque eso es, una burrada. Mire, pues, ¡yo que me he sacado la cresta trabajando tantos años a pura pala y sombrero, para que de pronto un pendejo de no más de veinticinco venga y me diga qué hacer! Es algo que encuentro insólito, intolerable, de mal gusto. Ya nadie puede en este puto sistema.
¡Discúlpeme, señor capataz, por no llenar esos espacios en blanco! Es que al parecer el sacrificio no cabe en los ideales del currículo. Tendría que nacer de nuevo para costearme cada firma que pesa en el maldito documento. Que el cuarto medio, que la universidad, que posgrado acá, posgrado allá. Compadre, mi única escuela ha sido la vida. Lástima que eso ya nadie lo valora.
Extraño esos viejos tiempos, aquellos días donde la mugre y el sudor eran señales de esfuerzo y dedicación. Tiempos donde un par de lindas palabras pesaban menos que un día apaleando de sol a sol. La pega a mí nunca me sobró, pero por lo menos antes se me respetaba. Es que este futuro actual no es como imaginábamos hace ya tantos años. Pareciera que esa democracia con la que soñábamos aquellos días quedó en nada más que eso, un sueño. Y pucha que es complicado despertar de ese sueño ahora.
El futuro asusta. Pesa reflexionar en el día a día. Duele cada vez que en él vemos nada más que manchas negras. Siento en este minuto que la gracia de la vida ha sido usurpada por el Gran Hermano. Ahora somos máquinas. Tenemos horarios, costumbres, deberes, andares, derechos que no existen y rutinas que acatar.
Da pena, oh, pucha que da pena.
Da pena acordarse de que antes la vida no era un simple protocolo. Angustia entender que ya no importa saber quién eres, sino cuánto produces. Que la balanza se inclina a favor del que habla más bonito y no del que ni siquiera necesita hablar. No sé si me explico. Lo único que quiero decir es que, en general, poca vida tiene la vida misma.
Yo por eso, señor, le entrego aquí mi currículo. Blanco y limpio como usted puede ver. Vacío, intacto. Interprételo como quiera. No tendré estudios importantes ni conozco de negocios. Nunca he viajado fuera de este país. No conozco otro idioma, ni siquiera soy bueno imitando acentos. Tampoco visto formal ni gozo de los excesos. Solamente puedo ofrecerle mi experiencia. Mis caídas y mis derrotas. Instrucciones adquiridas a puño, sangre y gota. Porque todo lo aprendido ha sido por cuenta propia. Y si hay algo de lo que estoy seguro saber, es de valorar a la gente por lo que es y no por ese sucio papel.
La vida es más que un simple trabajo. Esas cosas no se pagan.

